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viernes, 11 de marzo de 2011

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Nunca se me ha ocurrido describir donde vivo. A ver, vivo en una casa blanca rodeada de verde y de sol. El sol, a veces, puede llegar a ser insoportable, y el calor también. Aunque a mí no me molesta, sólo me baja la tensión. La gente se desespera por eso. Yo no, me tumbo, y espero que llegue la tarde, con su fresquito y sus mosquitos. Alrededor, montañas y sierras, vegetación frutal y de monte bajo. Y al fondo una mancha blanquísima hasta el mes de mayo. Mi tierra, casi siempre huele a fiesta, a cañas, a vino, a salir con los amigos, a excusa para celebrar; a roscos de anís en invierno; a romero, tomillo y azahar en primavera; y a “comer moras” en otoño.

sábado, 12 de febrero de 2011

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(001)Soy de aquí.

Nací, crecí, vivo en este lugar y creo que moriré en él; me siento feliz que mi paso por la vida haya sido precisamente aquí. Admiro su diseño perfecto, único, sus plazas ubicadas a seis cuadras de distancia entre ellas, sus diagonales, los tilos de la calle principal, su bosque siempre muy verde; sobre todo amo respirar el aire de juventud que emana de la Universidad y de sus alumnos, que como golondrinas van y vienen desde otros lugares del país o del exterior. Algunos de ellos se quedan para siempre, cuando durante los años de estudio llega el amor a su corazón, enamorados por la distinguida belleza de algunos de sus habitantes, y entonces anclan definitivamente en la ciudad. Me gusta recorrer sus monumentos de estilo neogótico que son de un invaluable valor histórico y arquitectónico, como la inmensa Catedral, ubicada en el centro geográfico y el museo de Ciencias Naturales. Mi lugar, es un regocijo para los sentidos y está lleno de leyendas y misterios...

Este es el texto de Gloria que he borrado del apartado de comentarios.

viernes, 11 de febrero de 2011

(001) Porque me enamoré de un gato...

Acabo de cumplir cinco años de residencia, en uno de los seis distritos que conforman una ciudad. Se encuentra situado al margen de un río angosto y crece como apéndice del pueblo que se lleva los laureles por tener “vidilla”, al otro lado del puente.
El invierno suele ser bastante largo, frío y lluvioso. Por ello, tuve que descubrir la humedad de la noche condensándose en los cristales, aprender a adaptar mi esqueleto… aunque los huesos crujen, se resisten… Detrás de la carretera empieza la montaña, a veces, huele aún a carbón, y a anís, porque las paisanas, acá -en sus antiguas cocinas- continúan fritando casadielles.

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Según cómo se mire

El lugar en el que resido fortuitamente, aunque ya van para diez los años que estoy aquí, es conocido como Ciudad de los Jardines, y considero una gran suerte que mis pasos de nómada suburbano hayan venido a parar en estas latitudes, pues no tiene precio el despertar cada mañana con un escándalo de trinos y chicharras (1) saludando al incansable sol. Luego, durante la caminata diaria, con mi compañera nos deleitamos al contemplar tanto esplendor de árboles y flores por doquier, hasta creernos parte del paisaje.
Cuando nuestro plan de mudarnos a las sierras se haga realidad, en la memoria guardaremos buenos recuerdos de este sitio inmune al tránsito global.

(1) cigarras

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Este es el ejercicio de Arlane, que por error había publicado en comentarios

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Llego por mar al atardecer. El sol se despide entre el marrón y gris de la niebla. Anochece y solo sé que allí está mi casa porque entre los olores de yodo, salitre y bromo, se cuela el aroma de sus calles. Al ganar terreno la noche se blanquea la neblina y abandona la costa para buscarnos. En el horizonte surge el iluminado pastel catedralicio del sagrado corazón, marcando la silueta del pico más alto de la vieja Serra de Marina. La línea de costa se ilumina y dos prismas cuadrados levantan sus luces al cielo. La niebla me alcanza con el olor de la urbe, de los coches, de orines en las paredes del casco antiguo, de cacas de perro que alfombran las aceras, de semillas de platanero… pero también de la sonrisa de un niño que acaba de descubrir la luna.